La policía ahoga el último adiós de Jackson
Written by Luca Verne Wednesday, 08 July 2009 11:51
Se esperaban masas para despedir a Michael Jackson, pero el miedo que difundió la policía horas antes hizo que al final hubiera poca gente en los alrededores del Staples Center. La alcaldía de Los Angeles destinó 3.200 agentes para la seguridad del evento, pero frente a las barricadas no hubo más de 1.000 personas, imaginándose desde muy lejos la despedida al rey del pop...
Fue otra concentración descafeinada, sin demasiada pasión. Más ruido que nueces. Faltaron las masas enfervorecidas tratando de acceder al estadio sin una entrada, las cargas policiales con las que muchos contaban y el caos histórico en el centro de Los Angeles. Lo cierto es que no pasó nada, que hubo paz y que ni siquiera el tráfico estuvo a la altura de las circunstancias.
“Es una lástima lo que han hecho con esta ceremonia”, dice Waset Regir, una afroamericana pegada a la valla metálica, a dos manzanas de la entrada del recinto. “Está claro que la gente se ha dejado llevar por el miedo de la policía, por su intimidación, y no han querido venir a celebrar a Michael. Es triste que los británicos pudieron despedir a Lady Di en masa y nosotros no hemos podido estar a la altura de alguien tan grande como ella, o como Gandhi”.

Apenas hay gritos y emociones. Sólo aquellos que consiguen cruzar la barrera policial con una entrada le ponen chispa al asunto, como Thierry Marceau, un joven canadiense vestido a lo Jackson, con camisa negra, mascarilla quirúrgica y paraguas a juego. Todo un personaje. “Ha sido duro llegar hasta aquí desde Montreal, el billete de avión, el coche, el hotel, pero merece la pena. El era el más grande”, asegura antes de entrar en dirección hacia el funeral, emulando a Michael en su pose para las cámaras de televisión que le siguen.
Su paso por entre un grupo de 200 personas rompe la rutina, aunque los policías de la entrada confiesan su asombro por la falta de personal. “Yo estuve en el desfile de los Lakers y eso sí que fue increíble”, asegura un agente hispano que prefiere mantenerse en el anonimato. Los vendedores también alucinan. Han llegado en masa con guantes, agua helada, camisetas, globos con Jackson saludando y toda la parafernalia imaginable en torno al ídolo musical. Pero no venden un colín. “De momento cero”, dice Roberto, un salvadoreño con mochila al hombro y unos cuantos pósters para hacer caja. “Espero que lleguen más tarde”.
Pero no llegan demasiados y decide trasladarse hacia otro punto, hacia la calle Figueroa, donde sí hay un poco más de movimiento. Por allí aparece Thomas, equipado con una televisión portátil que hace sonar el “Billie Jean” para devolverle un poco de vida al asunto. “Unos amigos me ayudaron a construirlo. Tenía que estar aquí para hacerle el homenaje al más grande”, dice mientras se desliza con dificultad entre una acera llena de gente, agolpada por otro batallón de policías pendiente de cada movimiento de los transeúntes.
También hay españoles, turistas, Sonia y Alberto, de viaje de novios. Aprovechan la coyuntura para ver “algo histórico”, según confiesa Sonia, aunque de momento no han visto nada. “Me han ofrecido una entrada de reventa, pero no me fío porque puede ser falsa”.
Hace bien, porque a los cinco minutos se acerca otra vendedora improvisada, ofreciendo una entrada por 150 dólares a las 11 de la mañana, pese a que ya hace una hora que ha empezado el funeral. “Estoy buscando a la persona indicada para dársela”, asegura convencida.
Waset Regir sigue pegada a la valla, mirando hacia el estadio, fiel a Jackson. “Lo importante es la gente que ha llegado, no la cantidad”, resume con emoción. “Su influencia fue demasiado grande como para no estar aquí”.
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